paisaje único

El Meandro del Melero: Herradura de paz entre dos mundos.

Un descubrimiento que empezó por un desvío casual y acabó como una potente conexión con un paisaje al que siempre estás deseando volver

Autor. J.A.Montes / tiempo de lectura 5 min.

Mi primera vez en el Meandro del Melero fue por casualidad. Veníamos de una actividad de voluntariado con Adenex para reforestar una ladera en Pinofranqueado y, antes de bajar a Mérida nos aconsejaron ir a echar un vistazo.
Serían unos 20 minutos más de carretera pero “está facherito”, nos dijeron. Bendita la hora en que hice caso. No tenía ni idea de qué significaba el palabro pero lo descubrí en cuanto llegué, y “¡ché, aquello no tiene gollete!”. Desde entonces, ya he perdido la cuenta de las veces que he vuelto cruzando toda Extremadura expresamente para subir hasta allí, y mira que Extremadura es grande. 

Como esos imanes que se representan con una herradura, esta es la más magnética que hay. Te atrae y no importa cuánto repitas, la imagen nunca es la misma y la experiencia tampoco. La primera vez, la carretera hacia el mirador de La Antigua es una prueba de fe, tentándote a abandonar y dar la vuelta en cada curva, todas iguales entre un túnel infinito de pinos hasta que, de repente, el horizonte se rompe.

Lo que aparece ante los ojos es una de las singularidades geográficas más potentes de la Península. El río Alagón, en un alarde de geometría natural, traza una herradura casi perfecta que abraza una península boscosa. Es un paisaje que juega a ser isla y que, según como hayan ido las nubes en el año, te mira con una cara distinta cada temporada.

Aguas abajo, el embalse Gabriel y Galán decide con sus compuertas el aspecto que tendrá el río.

En primavera, con el cauce lleno, el meandro es un anillo de azul profundo que resalta sobre el verde eléctrico de la sierra. Es el «fiordo» extremeño.

A finales de verano, el río se retira y deja al descubierto su osamenta: amplias playas de pizarra parduzca asomando entre los depósitos secos de fino lodo que cambian por completo la estética del sitio, dándole un aire salvaje y prehistórico.

Es justo en estos momentos de agua baja cuando el Melero revela su secreto: Si se tiene la fortuna de asomarse con un telescopio terrestre o unos buenos prismáticos, el paisaje deja de ser estático. Entre esas franjas de pedregal algo se mueve: familias de ciervos bajan a beber con una parsimonia sagrada. Es un safari silencioso donde el observador se convierte en un invitado invisible en el jardín de la fauna local.

… solo somos testigos efímeros y muy afortunados porque, llegando hasta allí, nos habremos ganado el derecho al asombro.

Y si te abruma tanto silencio, entonces elige el otoño: el eco de la Berrea retumba en las paredes de pizarra del meandro, convirtiendo el mirador en una caja de resonancia única. Por último, la imagen mística nos la guardamos para el invierno y sus nieblas encajonadas en el valle que ofrecen una visión casi fantasmagórica de un Un-Kai con el río apareciendo entre las nubes. 

Una frontera de paz

Asomarse a este balcón invita inevitablemente a la reflexión. El Alagón es la frontera líquida entre las provincias de Cáceres y Salamanca, entre las Hurdes y la Sierra de Francia, pero también entre el humano y los moradores del paisaje, como dos países en conflicto que aquí se resuelve en un pacto de silencio y naturaleza. Es nuestra geopolítica de bolsillo, donde las fronteras no se vigilan, se contemplan.

Visitar el Melero es, en definitiva, un ejercicio de humildad. Llegar hasta allí sin ir de paso, subir una montaña para entender que, frente a la perfección de esa curva milenaria, nosotros solo somos testigos efímeros y muy afortunados porque, con ese esfuerzo, nos hemos ganado el derecho al asombro.

cuaderno de viaje

Acceso y ruta: El pueblo para el GPS es Riomalo de Abajo. Desde ahí sube una pista forestal semi-asfaltada, algo estrecha y bacheada, hasta el mirador de La Antigua. El plan para valientes es subir a pie o en bici; son 3 kilómetros de ascenso moderado pero la recompensa de ver aparecer el meandro tras el esfuerzo físico es muy superior a la de simplemente salir del aire acondicionado del coche.

Fechas y fotos. Para una buena caza fotográfica, desde agosto -y más entre septiembre y octubre- el río está bajo y los ciervos asoman a beber. Y, metidos en octubre, se suma además el espectáculo sonoro de la berrea haciendo ecos por todo el arco del cauce. Otros “clientes” del río son las cigüeñas negras y buitres leonados -principalmente de febrero a septiembre-, y jabalíes y nutrias -todo el año, aunque de hábitos muy escurridizos y horarios con poco o nada de sol. En primavera tras deshielo y lluvias el río va hasta arriba y es la imagen “fiordo” con el bosque más verde que nunca. En pleno invierno al amanecer son frecuentes las cuerdas de nieblas y nubes bajas por el río.

Comer y dormir. Riomalo de Abajo, un pueblo con esencia, ahí tienes el Hostal Camping Riomalo, donde te servirán muestras de la mejor gastronomía de la zona. Busca la Ensalada de limones, un plato sorprendente (huevo frito, cítricos, chorizo) que desafía cualquier lógica pero funciona de maravilla, y compra un tarro de Miel de Las Hurdes, es el sabor del paisaje que acabas de ver.

Pueblo amurallado de Granadilla. Cierra con llave por la noche (Adobe Stock)

Qué más: Si vienes desde La Alberca, para en el Monasterio del Desierto, un lugar de silencio absoluto que rima con el espiritu del Melero. En el corazón de las Hurdes, el Volcán de El Gasco (no es un volcán real sino un cráter de impacto de meteorito), paisaje de pizarra extremo. Y no te olvides de Granadilla, el pueblo amurallado que fue desalojado por el embalse pero que mantiene visitable y disfrutable en su parte alta la villa medieval y el castillo. Está como a una hora, pero es un cierre perfecto para este viaje.

El equipo: Si tienes telescopio terrestre, no lo dejes en el coche por pereza. El 80% de la magia del Melero ocurre «allá abajo», en el detalle. O, al menos, unos buenos prismáticos son un básico obligatorio. Y lleva buen calzado, porque aunque llegues en coche, si quieres explorar los senderos laterales para buscar mejores luces, necesitarás botas de montaña; la pizarra suelta es traicionera.